Historias de Caballos

Una de las cosas que tiene el Turf es que está plagado de bonitas historias:

Tusitala cuenta una (rescatada del Foro de A Galopar):

“El primer domingo de Septiembre, antes de las carreras, a las diez y media, había una señora entre las encinas del aparcamiento. Se había instalado como para siempre, sobre una silla sin respaldo, de las que usan algunos vendedores en los mercadillos. Tenía otra silla a su lado, completa, quizá más cómoda, y escuchaba en un transistor canciones de amor de los años cincuenta.

Yo creía conocerla de otro tiempo, cuando en las tardes de La Zarzuela las praderas se llenaban de niños que jugaban y las enseñas de los más grandes ondeaban en General. En el suelo, a los pies de la señora, se apilaban tres o cuatro bolsas con distintivos de supermercados. La señora, humilde, gastaba un vestidito sencillo, con flores estampadas, y se llevaba a la boca con parsimonia algo que sacaba de otra bolsa de plástico, encima de las rodillas.

Al pasar junto a ella, de camino hacia la entrada, la señora dijo, segura:

-Fresneda se lleva el Benítez de Lugo.

Lo dijo como murmurando, o como si su sentencia fuera el estribillo de una de las canciones del transistor. Volviéndome, por ver siquiera si se dirigía a mí, la encontré con la vista fija en una de las encinas, y repitiendo maquinalmente el ejercicio de la bolsita. Y no volví a pensar en ella hasta que cuatro horas después Fresneda se impuso, fácil, en el Ricardo Ruiz Benítez de Lugo.

El domingo del Carlos Sobrino, el segundo de la temporada, la señora había cambiado su vestido por una falda juvenil y una camisa de marinero, pero las sillas eran las mismas y el transistor estaba en el mismo sitio. Una mujer rubia, arreglada y guapa, la vigilaba, atenta, desde un monovolumen negro, a siete metros escasos, abiertas de par en par las negras puertas delanteras.

En silencio y pensativo, ya a su altura, y de espaldas los dos a la mujer en el coche, oí decir a la señora:

-La primera carrera la gana Guilvine.

Luego, golpeando con el pie las piedras entre las encinas, y pensando que todo ya daba para escribir un cuento, completaba yo, feliz, el trayecto a la taquilla.

El tercer domingo, que fue antes de ayer, no estaba la señora, pero, tras la cuarta carrera, antes de la victoria de Lorgan, me crucé con la mujer rubia, la que vigilaba a la señora, en la tribuna de Principal.

-Hoy no vino la señora –me atreví.

-Se llama Gubesinda, pero en familia le decimos Lala. Su historia le encantaría.

Lala, me dijo la mujer rubia, ha sido una aficionada de toda la vida. La devoción la heredó de su padre, de quién una vez escribía Agustín de Foxá, pero creo que el vicio de ella por las Carreras ha sido más grande que el vicio de su padre. Según parece, el ojo clínico de Lala no tenía igual, y, a pesar de no ser una jugadora de postín, no hubo día que no se fuera para casa con algún dinerito conseguido en buena lid. Se dijo, incluso, porque nadie fue capaz de pensar en otra persona que hubiese alcanzado tal extremo de inspiración, que se había hecho de oro fijando a L´Hereu en una de las pruebas que compusieron una Triple Gemela millonaria, pero la mujer rubia lo desmintió:

Ella sólo apostaba a ganador.

Lala conoció a su marido, cerca de la zona de socios, la tarde en que Wildsun ganó el Gran Premio de Madrid, y desde entonces no se separaron. Los años les iban a dar seis hijos, todos varones, y en los seis inculcaron la pasión por los caballos. Aunque el único que la mantiene viva es mi marido, Antonio.

Me dijo la mujer rubia que Lala había sido excepcionalmente bella, y que se había licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense. Me dijo que Donagua fue su caballo preferido de todas las épocas, y que sólo faltó a su cita con La Zarzuela durante la edad grande del Turf en España un domingo en que a uno de sus hijos lo operaron de urgencia de apendicitis.

Me dijo que desde que falleció su marido, a comienzos de los noventa, y porque no podía concebir el Hipódromo sin él, no había consentido volver a entrar en el recinto, pero que aún le gustaba acudir a sentarse entre las encinas para seguir por los altavoces el desarrollo de la jornada. Y me dijo que, de alguna forma, y a su modo, la señora continuaba siendo la aficionada número uno.

Pero no le pudo decir nada de Guilvine ni de Fresneda –terminó-.
Lala perdió el habla en febrero a causa de una isquemia y para siempre y lo único que le oímos ahora es el tarareo pertinaz de esas viejas canciones de amor”.

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