Austeridad

 

Andaba yo estos días, con ocasión de la crisis actual, dando vueltas a los antónimos -escasez/abundancia- y su relación con la felicidad y el disfrute, cuando me topé con esta peliculita argentina, “Un cuento chino”, protagonizada por Ricardo Darín.

Trata de un ferretero hosco y gruñón, solitario, honrado, noble, bueno; que vive con muy poco. Desayuna lo mismo todos los días, un pedazo de pan, al que previamente le quita la miga, y un café solo bebido. En la pequeña tienda se desespera contando clavos, pues siempre vienen de menos (aunque luego, al venderlos, los pese a ojo y siempre a favor del cliente), conduce un coche viejísimo, pero limpio y cuidado, colecciona aviones a escala, figuritas de cristal, y tiene como afición recopilar noticias asombrosas de los periódicos. Cena patatas o casquería, y en su liturgia cotidiana apaga la lámpara de la mesilla cuando el reloj-despertador da las once de la noche. Los fines de semana se permite un sándwich y una cerveza cerca del aeropuerto, mientras observa a los aviones.

A su pequeño mundo viene a cruzarse un joven chino recién aterrizado, al que acaban de atracar, y del que no tiene más remedio que hacerse cargo. Como es de esperar las peripecias con el visitante terminan abriendo el horizonte vital del protagonista; pero no es aquí donde me quiero detener, sino en su ejemplo de austeridad.

Y es que, acabada la película, se tiene la sensación de que la estrechez es bella. Que comprarse un Audi, o un BMW, es una horterada mayúscula, y no sirve para nada, como comprar vacío. Que una comilona es un gesto desproporcionado, además de feo. Que lucir galas es ridículo, que oler a esencia jamás superará la pulcritud honrosa del agua de jabón, y, en fin, que cualquier exceso es artificio, o al revés.

La austeridad impuesta es dura, pero la autoimpuesta tiene connotaciones de ejercicio místico. Marco Aurelio ya nos adoctrinaba sobre ello. Conviene evitar, eso sí, la posible confusión con la racanería y la avaricia. Salvado esto último nos predisponemos al deleite de lo extraordinario en lo antes cotidiano con el plus de la superación personal y trascendente. En realidad uno se recupera a sí mismo -vence a la pose accesoria, a la poesía mundana que es ahora la publicidad, a la esclavitud de las modas y del propio tiempo-, y gana una perspectiva nueva de la realidad, cruda, quizá.

Creyendo que por fin va a librarse del “invitado” chino, el ferretero, a modo de celebración, abre el tarro de dulce de leche para dárselo a probar. El oriental toma una cucharada, y a continuación otra, encantado. Algo sale mal después y deben continuar conviviendo. Al volver a la cocina, apesadumbrados miran el frasco abierto. El personaje de Darín inmediatamente lo cierra y lo guarda.

Pues eso.

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