Thelma & Louise revisited

Sucedió hace unos años:

Esperaba la cola en la caja del Alcampo con mi botellita de vino (soy apostador), cuando reparé en las dos ancianas que pagaban en ese momento.

Eran las hermanas de Puerto Urraco pero como con 600 gramos de gulas por pelo. Dos viejas pellejas, con chaquetas de lana gris -de esas que dibujan ochos- hasta el suelo. Encorvadas. Una de ellas con joroba.

Se movían a cámara lenta. Cronometré 4 segundos en introducir un producto en la bolsa y otros buenos 10 segundos en llevar la bolsa al carrito. Dos carritos. Estaban haciendo la compra del mes. Dos personas así, que apenas pueden moverse… que supone una aventura sólo el hecho de salir de casa… No. Era la compra de varios meses.

Los fondos de ambos carritos los llenaban dos niveles de latas grandes de fabada marca blanca, y por encima de la fabada todo un entarimado de magro de cerdo, enlatado también. Arriba, 8 cajas enormes de galletas María.

No me detuve en más productos. Era el kit de supervivencia.

El ecuatoriano que tenía delante se ofreció, desesperado, a ayudarlas, y la cajera, que salió de la caja como un bombón, también. La menos jorobada sonrió con unos ojillos que en su día debieron de ser azules, y dio las gracias; la prima del de Notre Dame soltó apenas un gruñido, en su papel.

Había abandonado el supermercado con mi botellita y mi ticket y ellas todavía no habían alcanzado -cada una empujando un carrito repleto- los pasillos del centro comercial. ¿Cómo demonios iban a llevar eso a su casa, por muy cerca que su casa estuviera? Lo ignoro.

Cuando cogí el coche todavía tenía en la cabeza a éstas Thelma y Louise.

No debían de tener hijos, ni maridos. Por supuesto se bastaban ellas mismas, ignorantes de Ministerios Sociales y ayudas a la tercera edad. Las imaginé viviendo solas, comiendo de cuchara y… ahorrando mucha calefacción. Residencias de ancianos del mundo, rendíos. Ellas dos, juntas, con la vida siempre pujando, siempre saliendo al encuentro. Ajenas al mundo y sus miradas. Con su cotidiano por montera.

Porque hay que vivir.

Algún amigo me ha comentado que como soy un urbanita desconozco que es una estampa característica de muchos pueblos de España.

No las he vuelto a ver.

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