Los Blanquitos

 cervezas“… en la taberna reina una liberación general de toda preocupación. Tenemos la certeza de que seremos bien acogidos, y cuanto más ruido hagamos, cuantas más molestias ocasionemos, cuantas más cosas buenas pidamos, mejor acogidos seremos. Ningún criado nos servirá con la presteza con que lo hacen los camareros, incitados por la perspectiva de una recompensa inmediata en proporción al agrado que nos produzcan. No, señor; no hay nada, en todo lo ideado hasta ahora entre los hombres, que propicie tanta felicidad como una buena taberna o una buena posada.”El Dr. Johnson, citado por James Boswell.

El cabronazo de Wilson, con su blanca sonrisa dominicana, decía siempre lo mismo desde detrás de la barra, una vez pagadas las consumiciones: “y qué, ahora el piloto automático…”. Calibraba bien las siete horas de voces, gritos y risas. De servir botellines, tapas y pelotazos.

La cosa arrancaba alrededor de las seis de la tarde, cuando Apostillas y un servidor inaugurábamos el fin de semana abriendo las puertas de ‘Los Blanquitos’ a lo Faemino y Cansado irrumpiendo en el escenario con las camisolas de flores; tal era el espíritu. A Santiago, el dueño, se le hinchaban los mofletes de alegría mientras nos saludaba, y antes de tomar posesión de nuestros taburetes ya teníamos sendos botellines congelados y la tapa de rigor esperándonos. Una auténtica maravilla. Encendíamos el primer cigarrillo, que era el mejor, y nos predisponíamos al goteo de compañeros, al tic-tac de saludos, como si las personas que acabábamos de dejar hace unos minutos en el trabajo transmutaran en otras, desenfadadas y joviales, sin rangos ni escalafones, a no ser los que el propio bar, y la tarde, fueran dictando en el inexorable desafío de todos los viernes.

El bar de barrio, se llamaba, no podía ser de otra manera, La Taberna, pero se hizo nuestro al nombrarlo como su celebrada tapa estrella, esa tapa ideal que satisface el hambre recurrente ayudando a encubrir las primeras señales etílicas, y que a la vez anima a continuar bebiendo: en este caso, la butifarra blanca frita. Según tomaba contacto con la superficie de la lengua ya te apetecía un whiscola para bajarla a la variz.

Mucho se ha discutido sobre la calidad conversacional en este tipo de eventos, si el trasiego de cerveza y otros licores ayudan al mantenimiento de cierto nivel -avivando incluso la lumbre temática y expositiva-, o si por el contrario tienden a conducirla allí adonde abrevan las bestias. Lo cierto es que en Los Blanquitos a veces resultaba conveniente revisar los listados de compañeras -por si quedaba algún despistado-, naturalmente cuando ellas no se encontraban presentes. Emparejados o no, íbamos cantando la copla de los desvelos y colocando a nuestra favorita en tercera o cuarta posición, para que no se notara mucho. Y es que la competencia masculina y la hombría parecen residir en ese sexto sentido, ese radar desarrollado que tienen algunos, para reconocer, apreciar y catalogar a la fémina a distancia, o entrando al bar. A otros en cambio se nos pasa el momento absortos con la vieja que pierde la galleta en el café en el instante de llevársela a la boca, y así nos va.

La parroquia, en efecto, solía estar compuesta en su mayoría por ancianos del lugar. Los días laborales se comía un barato pero excelso menú en el aparte con varias mesas que existía a un lado. Obreros, oficinistas de todo pelo, y Arturo. Arturo era un viejecillo encantador y silencioso que comía solo mientras echaba discretas miradas al televisor. Como decía Apostillas daban ganas a uno de llevárselo a casa. Nos impresionaba su dignidad, pues si ya supone una pequeña heroicidad comer sin compañía aún lo es un poco más cuando la cuchara con lentejas viaja temblando.

Entrada la noche tendía a cumplirse el aserto del Dr. Johnson según el cual el hombre únicamente puede ser feliz en el presente si está borracho. La imagen brumosa a cámara lenta, las figuras recolocándose en el campo de visión, la epifanía del alcohol -todo está bien, todo está en orden, todo es como debe ser-, ajenos al infame despertar. Asiendo verdades intangibles.

Para salir del bar respirando el frío de la madrugada haciendo vahos con Chet Baker:

I guess I’ll go through life just catching colds and missing trains… I’ve mortgaged all my castles in the air…

Nanaaa…

Esos tiempos no volverán.

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