Sobre viajar y “Ciudades en fragmento”, de Ernesto Baltar

cubierta-ciudades-en-fragmentoHace años sostuve una discusión con algunos amigos a resultas de una frase que pronuncié y que sonaba así como: yo no viajo a países con renta per cápita inferior a la española. El razonamiento era simple, se pueden conocer gentes y culturas en todos los rincones del mundo, pero las civilizaciones en teoría más avanzadas es preciso visitarlas, pues únicamente leyendo no logramos aprehenderlas de la forma que lo haríamos con las menos desarrolladas, que llevamos dentro, en nuestra propia historia. Lo viejo lo reconocemos, lo nuevo no. Y no basta con leerlo. El baremo de la renta, pues, funcionaba sólo como criterio (afortunadamente, porque gracias a los gobernantes españoles el catálogo de países a visitar aumenta cada año).

Pasado el tiempo sigo pensando igual, incluso he añadido nuevas cláusulas: no viajo a lugares con mosquitos, o con mucha humedad, o que no tengan una sanidad adecuada, o que sus ciudadanos no circulen calzados, o que circulen calzados pero con turbantes, o que circulen calzados y sin turbantes pero armados… Para abreviar, si me diera un ataque de wanderlust podría visitar Canadá y Chile, algunas zonas de EEUU, Sudáfrica con dudas, Australia y Nueva Zelanda, Japón y parte de Asia, toda Europa, e Israel.

Se dice que un país se conoce mejor en los primeros tres días (que es cuando te llevas la impresión) y que luego ya son detalles… Debe de ser verdad, porque vaya donde vaya a los tres días me entra la morriña, se nublan mis sentidos y es tiempo perdido. En el Caribe cutre (Punta Cana) tuve suficiente con 2 segundos, que fue lo que tardé en atravesar el umbral de la puerta del avión y chocar contra la columna de agua caliente que es la atmósfera Dominicana. También se dice que un país se conoce por cómo huele. En Shanghai olía a especias y a alcantarilla. Sobreviví al tráfico y me entretuve buscando a la Rachael de Blade Runner por los locales nocturnos, pero al tercer día el interés se había desvanecido. En Roma a las 72 horas confundía los monumentos con la pasta al dente. En Londres hubiera matado por un rayo de sol y odié los ladrillos ennegrecidos. En París… (está bien, viviría en París, touché). En Lisboa abracé a la estatua de Pessoa desconsolado y cuando llegué a Madrid tenía 10 años más.

Siempre disfruto de los viajes una vez aterrizado de vuelta. Nunca antes. Como si el que viajara fuera otro. Que lo es: un ser errático y errante. Un muermo.

Poco espíritu y burrez congénita, así no se puede ir a ningún sitio, Cercedilla ya me queda lejos. La expectativa nunca se cumple: “bueno, pues ya estamos aquí”; y lo único especial resulta ser la incomodidad. Que se joda Contreras, el aventurero, y viaje su padre.

En mi rescate –para paliar en parte mi aprensión viajera- acuden libros como el de Ernesto Baltar: “Ciudades en fragmento” (VII Premio Internacional de Literatura de Viajes Ciudad de Benicàssim) . Bendito.

Como decía Andrés Trapiello, en su presentación en la librería La Central de Callao, es más un libro de ciudades que de viajes, centrado en tres capitales fundamentales: Roma, Londres y Madrid. Aunque habla también de otras ciudades de Europa; y de Nueva York. Los prólogos en cursiva al inicio de cada capítulo son una pequeña maravilla.

Trapiello

Un escritor es un tipo que observa y piensa con delectación. Adoptar la perspectiva que ofrece es refrescante. Mezcla paseos y reflexiones, y el cóctel se bebe salpicado de guindas sabiamente distribuidas.

El tren Venecia-Roma con fogonazos de La Serenísima, el barrio de San Lorenzo en Roma, la trattoria con el anciano y su pera, el recuerdo de Aldo Moro a través de Leonardo Sciascia, la ciudad llena de gatos, esa tristeza latente pero feliz, Pavarotti que se escapa por las ventanas, Pasolini en un cine al aire libre, le zanzare tigre, Villa Médici, el cementerio no católico, el inolvidable paseo nocturno y lluvioso por Via Giulia, el pobre mendigo remojado de Plaza Navona, maldad que envejece, Mussolini y su barrio fascista, el bullicio comercial de Plaza Vittorio, la gitana de las rosas y los orines, el retrato de Inocencio X en Doria Pamphili, los últimos días de Keats frente a la Plaza de España, …la nostalgia de la Ciudad Eterna.

Londres y los variados rojos, el “rojo Dickens”, calles oliendo a curry, London Pride en la mano, El Caso Winslow de Mamet como esencia de lo inglés, atardecer en el Round Pond, la contemplación de la ciudad con Lamb, Boswell, Johnson, Gay, Ackroyd, incluso con Chiang Yee en el Waterstone’s de Picadilly Street, mucha pose en Hoxton Square, el malogrado Branwell Brontë, las Cartas de lejos de Josep Pla, pies de fotos sin fotos, el oasis de Cavendish Square, el bostezo de Samuel Pepys previo a las lágrimas por el incendio de la ciudad, un pasaje del Strand que resulta ser un óleo de Christopher Nevinson, parques y museos, perderse por los bosques de Hampsted Head, tropezarse con el padre de Peter Pan en los jardines de Kensington y luego saltar las verjas cerradas, el gallinero del Royal Albert Hall, picnic en Regents Park, el pavor de Thomas Carlyle a su señora.

Alegrías pobres en Madrid, bares con olor a fritura. Caras en la Gran Vía. Zombis madrileños por las mañanas. Pelucas navideñas en Sol y mendigos que completan la estampa. Putas que no parecen putas por el frío. Un saludo a Alejandro Sawa en Conde-Duque. Chocolate con churros. San Antonio de la Florida y Casa Mingo. Pasear y Galdós. Extraños literaturizados. Moyano y sus moscas. Riudavets. Insomnio y reflexión. El Museo Romántico con escuadra y cartabón. El cementerio británico de los Loewe, Boetticher y Lhardy. Madames bovarís como Tías tulas. Un desfile de las Fuerzas Armadas en la trastienda. El eco del Santiago Bernabéu. Antonio Palacios Ramilo. Veranos azul piscina. El rastro y el manco que toca la guitarra. Surrealistas compras con un poeta maldito. El metro lleno de rumiantes. Locos por todas partes. Y las chicas guapas. Sí, la Villa y Corte está llena de puntos y seguido.

Praga y las huellas de Kafka, Berlín y Walter Benjamin, Nápoles acompañados de Viaggio in Italia, Pompeya, París portátil y pensar en escribir, o en no escribir, y en Hemingway, y descubrir a Julien Green, y otra vez Pla, siempre Pla, las tonterías de Amélie Poulain, la ciudad clandestina de Jean-Paul Clébert, los poetas vagabundos, el ‘guarrazo’ de Franz Reichelt desde lo alto de la torre Eiffel, a quién se le ocurre, Franz, querido, y Copenhague, rubias en bicicleta ni guapas ni feas, Viena y Salzburgo, ciudades pedantes, y cerveza, y un canal de televisión que pone Sonrisas y lágrimas las veinticuatro horas del día, Thomas Bernhard, Lisboa barco encallado, saudade, y el pesao de Pessoa, Nueva York y los tópicos, mendigos de verdad, noches de saxofón, ratas, Colson Whitehead y su coloso, misa Gospel en Harlem, frenesí, canales y flores en Amsterdam, y casas torcidas, paisajes de Edimburgo, escritores debajo de las piedras, porridge con miel.

Fragmentos de fragmentos de ciudades. Y ahora me voy a tomar una biodramina.

El libro es un fabuloso recorrido que obliga a mirar de otra manera, mejor.

Casi al finalizar la presentación Trapiello deslizó un pequeño comentario sobre el viajar, probablemente cansado ya de excursiones, no recuerdo exactamente sus palabras, pero quise hacer slalom entre el público y auparle a hombros. Eso sí.

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