Sobre “La mejor oferta”, de Tornatore (solo para los que la hayan visto)

“Si durante nueve años he sido dueño de una hermosa manzana que tiene el corazón podrido y solo descubro su podredumbre al cabo de nueve años y seis semanas menos cuatro días, ¿acaso miento al decir que durante nueve años he poseído una hermosa manzana?” —Ford Madox Ford, El buen soldado.

la-mejor-oferta-cartel-1

Vi con una sonrisa la última película de Giuseppe Tornatore, “La mejor oferta”. Muchos dicen que tiene un final triste. No estoy de acuerdo. El final es acorde a la personalidad obsesiva del personaje principal, Virgil Oldman (el nombre lo dice todo), interpretado espléndidamente por Geoffrey Rush. El film es una fábula sobre el amor de pareja. Tornatore insiste en sus largometrajes en homenajear al cine jugando con los paralelismos que existen con la vida (los recuerdos de la infancia, el primer amor, esa escena final de los besos cortados en “Cinema Paradiso”), en este caso desde la perspectiva de la representación: el amor como obra de arte que puede resultar ficticia, fraudulenta, un fingimiento, una ilusión. “Las emociones son como obras de arte, pueden falsearse”, le dice el cómplice de Virgil, un Donald Sutherland achispado y chistoso.

Siempre me ha llamado la atención el componente de simulación en los esfuerzos seductores que conducen a la formalización de una relación afectiva: ‘¿pero qué hacen estos gilipollas?’. Para alguien acostumbrado al pasotismo militante resulta incomprensible y cansadísimo. No tiene sentido hacer de otra persona si tarde o temprano te van a descubrir. Hacer el corte o hacer la corte. Pero no, tiene sentido. En realidad es un proceso mediante el cual los miembros de la pareja se adaptan a su nuevo rol. Como muy bien comenta Jambrina en su artículo: actúan para el otro. Son en función del otro. Algo peligrosísimo, claro. Te quedas ‘sin’ y no sabes ni cómo vestirte, qué ropa ponerte. Para añadir más fuego al asunto Schopenhauer decía que “el disimulo es innato en la mujer, lo mismo en la más aguda que en la más torpe. Es en ella tan natural su uso en todas ocasiones, como en un animal atacado el defenderse al punto con sus armas naturales. Obrando así, tiene hasta cierto punto conciencia de sus derechos, lo cual hace que sea casi imposible encontrar una mujer absolutamente verídica y sincera”.

Virgil llega a preguntar a un colaborador sobre el matrimonio y éste le responde que es como una subasta: “nunca sabes si eres la mejor oferta”. Pues estamos buenos, Giuseppe. La mujer es una obra de arte, sí, y también un circuito integrado. Pongámoslas en un pedestal, como en los tiempos del amor cortés, que no digo yo que no, pero me viene a la cabeza la historia de aquel semental, ese noble bruto incapaz de cubrir a yegua alguna, hasta que el avispado criador embadurna a una de ellas con barro y estiércol, y el corcel pierde el miedo reverencial. Y quien quiera entender que entienda. Los japoneses, por cierto, parecen estar dando un paso más en esto del miedo reverencial y la mujer como obra de arte, a juzgar por este documental. O igual es que se trata del fin de la humanidad.

El amigo cómplice del subastero Oldman es un artista frustrado y se venga cruelmente de tantos años siendo ninguneado: “para recordarte qué pintor podría haber sido te he dejado mi mejor obra”. En la vida es importante saber reaccionar ante las cosas que nos suceden, y Virgil no tiene esa educación. Se hunde y debiera reírse, pues le hacen el mejor regalo, un regalo inconcebible para él: conocer el amor. Un amor que le cambia y le abre al mundo, desinteresado y honesto, que le convierte en vulnerable. Investido caballero andante.

Porque, como sabe Wall-e, “It only takes a moment… to be love a whole life long!”, y es cierto, no importa que no haya sido todo verdad (cuántos amores los son, durante cuánto tiempo), lo fundamental es lo que él expone y experimenta. Además le ahorran un buen montón de sufrimientos, celos y reproches inauditos, las eternas discusiones rocambolescas, los silencios tensos, el fin de la admiración, el paulatino declinar del sentimiento percibido en detalles. El terrorismo romántico, que argumenta el divertido Alain de Botton:

Once a partner has begun to lose interest, there is apparently little the other can do to arrest the process. This leaves the lover in a desperate situation: the charms and seduction of legitimate dialogue seem exhausted and produce only irritation. In so far as the lover acts legitimately [sweetly], it is normally ironic action, action that smothers love in the attempt to revive it. And so at this point, desperate to woo the partner back at any cost, the lover turns into romantic terrorism, the product of irredeemable situations, a gamut of tricks [sulking, jealousy, guilt] that attempt to force the partner to return love, by blowing up [in fits of tears, rage or otherwise] in front of the loved one. The terroristic partner knows he or she cannot realistically hope to see their love reciprocated

Y finalmente la indiferencia, la falta de respeto, el hastío y el odio.

geoffrey-main

Virgil tendría que volcarse en encontrar a su traidor amigo y al menos compartir con él la mitad del botín, en muestra de agradecimiento. Del resto de la banda olvidarse. A la mujer, ni mencionarla. Pero decide obsesionarse, reconcomerse, contemplar las ruinas de su corazón. Todo es cuestión de saber en qué fijarse.

“Siempre hay algo auténtico en cada falsificación”. O pudiera ser al contrario.

Retorcido Tornatore que hace honor a su nombre.

Anuncios