Una anécdota de Nearco contada por Fernando Savater

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“De su época de semental es una bella anécdota sobre Nearco que cuenta Aldo Santini en su deliciosa crónica Ribot: un caballo e il suo tempo (Mondadori, 1985), otro de los libros hípicos que me gustaría haber escrito si no fuese porque considero aún mayor el placer de haberlo leído. Cuando Nearco era un potrillo allí en Dormello, apenas separado de su madre Nogara, estuvo bajo la protección de un mozo de cuadra llamado Marcello que le cuidaba, le acariciaba y jugaba con él. Marcello le decía: “Nearco, dame la lengua”, y el pequeñin asomaba la lengüecita rosa entre los dientes para que su amigo se la cogiese un momento entre los dedos; después Marcello se alejaba, ponía su brazo derecho en jarras y volvía a llamarle:   “¡Nearco, a tu sitio!”. Y, muy contento, Nearco acudía para introducir su cabeza en el arco formado por el brazo de Marcello. Así pasó la infancia del héroe. Después el potrillo se convirtió en potro, para luego llegar a ser el caballo soberbio e invencible del que hemos hablado. Y aún más tarde Nearco acabó instalado en Newmarket, donde engendró campeones, soportó una guerra y… envejeció. Con la vejez se hizo irritable: mordía, coceaba y atacaba al personal que lo atendía en la Beech House Stud en cuanto cometían un descuido. Se había vuelto loco, como un genio irritado por su decadencia física y por la mediocridad incurable del mundo. De modo que cuando el también envejecido Marcello –que había venido a Newmarket acompañando a unas yeguas de Tesio destinadas a ser cubiertas por sementales ingleses- se presentó en la Beech House para visitarle, el director intentó disuadirle por todos los medios: “Ya no puede acordarse de usted, está probado que los caballos tienen una memoria muy corta. Y es un verdadero asesino: nunca habíamos tenido un caso semejante. La semana pasada, sin ir más lejos, envió a uno de mis muchachos al hospital”. Pero Marcello insistió. Y allá se fueron todos, Marcello, el director de la yeguada y cuatro mozos con fustas y cuerdas, al paddock de Nearco. Penetraron en el recinto con precaución. “Permanezcamos juntos, es más seguro”, suplicaba el director. A lo lejos, sobre una suave ondulación del terreno, pastaba el gran semental. Entonces Marcello se apartó del grupo y continuó andando solo hacia él, desoyendo las advertencias nerviosas del director. Nearco se había hecho enorme y voluminoso, ya no era el galán estilizado cuyo nombre servía para piropear a las chicas más gráciles. Al notar que alguien se le acercaba engalló la cabeza y resopló, furioso. Tenía los ojos inyectados en sangre pero su morro seguía siendo largo y fino como el de una gacela. Volvió a resoplar y pateó el suelo con sus potentes cascos. Entonces Marcello lanzó un silbido, el silbido de antaño, la señal que les unía allá en Dormello. El caballo irguió las orejas y quedó inmóvil. Marcello parecía muy pequeño frente a él cuando puso su brazo derecho en jarras. “¡Nearco, a tu sitio!”. Lentamente, con reconocimiento, con alivio, con tristeza, Nearco se acercó y su enorme cabeza de gladiador resignado pasó bajo el brazo de Marcello, mientras su lengua gruesa salía entre los dientes amarillentos como si quisiera lamer las últimas gotas derramadas por el tiempo. Y el hombre lloraba de orgullo y nostalgia”.

Fernando Savater .”A caballo entre milenios”. Ed. Aguilar.

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