Irulan o las voces femeninas

Apenas ha hablado con ella y corre a proponerle matrimonio interrumpiendo un partido de tenis: “toda la vida… esperando escuchar… esa voz”, le añade un atormentado John Turturro a una radiante Emily Watson en La Defensa Luzhin, película basada en la novela de Nabokov.

Distraído por otros atractivos el varón no suele percibir, al menos conscientemente, la sutileza de la voz femenina: que viste más que un perfume, mece más que unos andares y seduce tanto como unos ojos que bajan la mirada. Una caricia en el recuerdo que se activa con el primer hola.

A la contra debería funcionar como repelente. Ignoro qué atractivos tendrían a Urdangarín entretenido tras el “sí, quiero” de Cristina -por ejemplo-, pero a un servidor se le habrían descolgado los cataplines al instante. Por la resonancia de la iglesia también un poco. No nos hubiéramos ahorrado problemas, Iñaki…

Hay cosas inconcebibles, como tratar de hacerle el amor a Gracita Morales, en el otro lado de la escala, no sé.

Uno espera recibir una llamada de Susanna Hoffs, o de Shawn Colvin, o Suzanne Vega, o Hayley Williams. Escuchar la risa que roza de Julianna Margulies. Vivir para siempre en una película doblada. Porque la realidad es tozuda, y chirría.

La creencia extendida que da por cierta la equivalencia “voz bonita” <=> “chica estupenda” cuenta seguramente, como sugiero arriba, con el elemento subconsciente que cada uno aplica al sonido de las cuerdas vocales de la interfecta. Claro que si nos ponemos románticos pudiera ser también al revés.

El caso es que adoré a la Princesa Irulan, interpretada por Virginia Madsen, en la película Dune, justo en el inicio, cuando en una toma frontal mirando hacia la cámara comienza diciendo: “A beginning is a very delicate time…”. Luego le puse los cuernos con Chani, porque Sean Young es Sean Young, o lo era, pero sirva como gráfico paradigma de lo que trato de decir.

Por otro lado, que la realidad es tozuda y chirría lo comprobé yo una mañana recién estrenada de Semana Santa en un pequeño chalet al pie de la playa de Denia, donde nos habíamos trasladado unos cuantos amigos, compartiendo dormitorios, hace ya algunos años. A la fresca quietud del nuevo día en duermevela solo la saludaban los tímidos crujidos de algún muelle y la respiración profunda de uno de nosotros, cuando, y como procedente de avernos insondables, se oyó: JAVIIIIII, CAAAALLAAA O VEEEETEEE… La novia del respirante. De mi cara de horror y del escalofrío helado que recorrió mi espinazo la chavala ni se enteró, enfundada en su antifaz.

Así que, por favor, prestad atención a los misterios de las voces vulgares (célebre título de un disco de Académica Palanca) y a los inocentes cantos de sirena varada, pues a lo mejor, quizá, lleven en su fluir de riachuelo muchas verdades escondidas.

Aquí tenéis a Irulan. Ahora os podéis ir a hacer gárgaras.

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