Sobre “Stoner”, de John Williams

stoner

Un estudiante cualquiera al que le viniera a la cabeza su nombre podría preguntarse tal vez quién fue William Stoner, pero rara vez llevará su curiosidad más allá de la pregunta casual. Los colegas de Stoner, que no le tenían particular estima cuando estaba vivo, ahora raramente hablaban de él; para los viejos, su nombre era un recordatorio del final que nos espera a todos, y para los jóvenes es meramente un sonido que no evoca ninguna sensación del pasado ni ninguna identidad con la que ellos pudieran asociarse a sí mismos ni a sus carreras”. Extracto de la primera página de “Stoner”, de John Williams. Ed. Baile del Sol.

Cuando cuentan aquello que desconocías que se podía contar. Cuando dicen perfectamente lo que piensas, pero no sabías que pensabas. Cuando arrancan una verdad de las profundidades, o te abofetean para que mires de frente. Libros que cuando los cierras intuyes que has crecido, como tras una fiebre rara. O te parece escuchar “Nimrod” de fondo.

Stoner es de esos. Y sin embargo la novela comienza alejando cualquier rasgo interesante de la figura de su protagonista; ninguneándolo, de hecho. Se trata solo de su proyección exterior. Al hijo de los granjeros de Missouri, criado en la renuncia por las tierras que cultiva, austero y digno como las mismas piedras, lo conocemos a medida que vamos leyendo, en un recorrido que impresiona.

Su vida, como la de todos, semeja una lucha entre las virtudes que le adornan y los embates disfrazados de fracaso y decepción que procura el cotidiano. El soneto 73 de Shakespeare le ampara y le justifica. Descubre su vocación y confirma su identidad. Inocente y sencillo, de valores clásicos, poco dispuesto para la socialización, se enamora, y su noche de bodas es cruel, estrambótica, anunciadora de un futuro ahogado en resignación e indolencia. Reacciona con rectitud ante manejos y mezquindades que le sobrevienen, intenta preservar su conciencia, ser fiel a sí mismo, pese a las nefastas consecuencias. Porque, refugiado en los libros, en las clases, en el estudio, habita un mundo fundamentalmente interior, que es el que le interesa y le define, y que muy pocos se atreven a explorar. Y es así, y no puede ser de ninguna otra manera, porque se sabe íntegro.

La novela se publicó en 1965, John Williams, que murió en 1994, sabía que era buena pero también de difícil reconocimiento y venta. Su viuda sí lo está disfrutando ahora, pues se ha convertido en un éxito internacional y los críticos la valoran como una pequeña obra maestra recién descubierta.

Los lectores siempre nos quejaremos de su error sentimental, de su incompetencia de agricultor en la ciudad, de su actitud indolente, desesperante, que hace surco en nuestra paciencia y en nuestros nervios; pero reconcilia con la persona, con el ser humano, descubrir lo que verdaderamente importa, el hallazgo de una identidad, de una fidelidad hacia la misma, una moralidad que otorga calidad a una vida común y corriente en apariencia.

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