La autorradio canta (o la imposibilidad de ser Paul Newman)

Road_Trip_Apps

El arquitecto Campo Baeza en una reciente entrevista llamaba locos a esos conductores que van al trabajo todas las mañanas solos en sus coches; él, que utiliza el transporte público a diario. Pero en metro y en autobús abunda el cocooning por medio de auriculares o de la lectura, o de ambas cosas. Y en cuestión de cocooning todavía no se ha inventado nada mejor que el automóvil particular con su sistema de audio, oh, esa metáfora del claustro materno.

Conducir por la madrugada madrileña, saludando a la Diosa Cibeles camino de la Castellana, el asfalto mojado reflejando luces y neones, y el frescor de la ciudad que duerme entrando por la ventana, con la música de fondo -como en las películas- y tú, el prota, recuperando momentos perdidos en la lluvia.

O los atardeceres de agosto bordeando La Lanzada hasta Portonovo escuchando el “Hymn” de Duncan Sheik.

O las decenas de viajes, con la excitación de la ida y la música “para romper el hielo” como la que lleva Jack Nicholson en Mejor Imposible.

Esa expedición a Barcelona con unos amigos, mi primer ataque de ansiedad chispas, cuando pusieron a Siempre Así y tuvimos que parar, como mareado por el olor pero en sonido, y un convencimiento: conduzco = pongo la música.

Compartir trayecto con melódicos ligeros y niñas pop, con rockeros añejos anegados en cerveza, con apóstoles de la radio fórmula, sibaritas del indie, degustadores de flamenco que-sabe-a-jamón, con invasores de Polonia y directores de la banda municipal.

La boda en Ronda llevando como única compañía el vestido de la novia. Cruzar Despeñaperros haciendo los coros a Huey Lewis, felicísimo.

Recordar cuando todavía no conducías.

Las antediluvianas odiseas en el coche familiar y las apuestas sobre cuanto duraría tu mixtape favorito. Tu padre arrojándolo por la ventana cuando el de Los Inhumanos cantaba aquello de “ese no es el pito que debes tocar”.

Puerto Banús la nuit, el vertiginoso tecno del “Running”. La discoteca móvil.

La vuelta por serpenteantes carreteras secundarias de la cena en ese caserío escondido del País Vasco, con Kortatu a toda pastilla, y el de la pierna ortopédica al volante.

Saber ahora que podría matarme tomar curvas con la Primavera de Vivaldi, o el Killing me softly o el puto Cantajuegos. Que cada canción es una historia. Y que In your eyes, de Peter Gabriel, es la más larga.

Así que, al señor Campo Baeza, tengo que decirle que no suelen gustarme los espacios diáfanos, que me parecen museos vacíos, ni las puertas de metacrilato con rendija en los baños de los hoteles; por si tuviera algo que ver, que lo dudo. Y que mientras no pueda llevar a una morena pizpireta silbando Raindrops keep fallin’ in my head en mi bici seguiré disfrutando de mi cocooning personal e intransferible.

Anuncios