Sobre “Mujeres enamoradas”, de D.H. Lawrence

9788420610542Pocas veces he terminado una novela pretendiendo arrancarme la cara casi a cada capítulo. De hecho creo que es la primera vez, porque con Los reinos de la casualidad de Marzal sigo peleando. Muchas se han quedado en el camino por otros motivos. Proust debe de ser un escritor extraordinario, al poco de empezar a leerlo ya quería recuperar el tiempo perdido y tenía una angustia vital de acurrucarme en el suelo y murmurar. Recuerdo a una maratoniana española que decía que cuando se veía a mitad de carrera sin posibilidad de superación abandonaba, para ahorrar esfuerzos y consumos de energía inútiles. No sé si es la mejor política, pero puedo entenderla.

La culpa la tengo yo, porque estaba más que avisado: Theodore Dalrymple lo llama mascota proletaria del grupo de Bloomsbury, y dice que ha contribuido más a oscurecer el mundo que a iluminarlo. Roger Scruton lo menciona en comparativa con Jane Austen, George Eliot o Henry James, pero como una versión de clase baja. Joyce Carol Oates creía que si no hubiese escrito esas novelas habría sido leído y aclamado como uno de los grandes poetas del lenguaje. Además del recelo que ya me producía de por sí el responsable de ese clásico glosador del puro goce sensorial y voluptuoso -y por tanto más aburrido que mascar chicle- encumbrado por cineastas, cursis varios y ladyschatterleys al uso.

Ambientada en la Inglaterra de principios de siglo XX Mujeres enamoradas de D. H. Lawrence es la historia de dos hermanas, Úrsula y Gudrun, hijas de un minero retirado, que trabajan como profesoras en la escuela local, y sus devaneos y discusiones con Birkin y Gerald, respectivamente, de posición más elevada, durante más de 600 páginas en las que el autor se detiene en conversaciones filosófico-intelectuales, narraciones florales, fiestas costumbristas, paseos peripatéticos, un par de muertes (que son de lo más interesante del relato) y finalmente un interminable viaje al Tirol. Úrsula y Birkin se casan, la mujer abandona todo por el hombre incluido el trato con sus propios padres, pero el hombre no se sentirá completo pues echará en falta el complemento masculino en la relación amorosa (cosas de D.H.). Gudrun y Gerald, más pasionales, tienen altibajos, Gerald llega a comprender que Gudrun es su salvación mal que le pese, pero Gudrun asfixiada por la personalidad arrolladora y egocéntrica lo considera vulgar y lo rechaza cruelmente. Gerald se dejará morir congelado. Antes se puede leer: “Esta herida, esta dolorida llaga en el alma, en la que se sentía desnudo, como una flor abierta, ante todo el universo y en la que se había dado a su complemento, lo otro, lo ignorado, esta herida, esta revelación, este descubrirse, que le dejaba incompleto, limitado, inacabado, como una flor en la intemperie, esto constituía su gozo más cruel“. “Conservaría el gozo inacabado de su propio anhelo a pesar del suplicio que ella le infligía”. Ay, los anhelos.

Con todo el argumento no es lo peor de la novela. Hay incluso conversaciones con agudos puntos de vista, sesudas reflexiones y comentarios mordaces. Quizá lo peor sea la voz en off de vicetiple apasionada que como único tono se instala en el cerebro a lo largo de la lectura y que una de dos, o impele a estrellar el libro contra la pared o a calzarse unas zapatillas de ballet y marcarse unos pasos. Afortunadamente imperó el impulso primero, más llevadero. Me han explicado que esto es debido a que Lawrence era de la Escuela Prerrafaelita, así que mucho más tranquilo he podido continuar comiendo toscos bocadillos de chorizo sin ningún problema, por poner un ejemplo, aunque es preciso reconocer que durante la lectura llegué a escribir una noche el verso: “Quisiera que fueras fiel si te acaricio/ la encarnación del bien a cada beso”, sin saber muy bien por qué.

Es sano y recomendable revisar las convicciones, si es que se tienen, examinar los criterios, pero creo que, en este caso, voy a continuar abandonando novelas a mitad de recorrido, y a no empezar otras. Como huir de una mujer tras descubrir su programa favorito de la tele o, más fácil, evitar unos mejillones por el olor.

El prejuicio que con la edad nos hemos ganado y nos ha evitado males mayores.

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