Bruce Hornsby y la Arcadia Feliz

Bruce_Hornsby_1Con el tiempo he ido elaborando algunas teorías, que no deben de ser nuevas ni originales, ni verdades al ciento por ciento (vamos, que pueden ser unas majaderías de impresión), y que seguro los filósofos han tratado, pero he debido leerlos poco y mal.

Una de ellas es la Teoría del Rancho en Montana, que viene a decir que quiero un rancho en Montana pero sin inmiscuirme en el proceso de hacerme con el rancho en Montana. Lo quiero ya, así, zas, como heredado o como una aparición, como salir del cine enamorado de la prota de la peli sin tener que tratar con su aliento o su olor corporal. Una pulsión aséptica. Porque estoy seguro de que el tiempo y las acciones necesarias para su consecución operarían en contra de mi propio deseo. Lo mancharían, lo desbaratarían. Caería el castillo de naipes. Incluso con el dinero ya reunido, la búsqueda del lugar, el trato con los autóctonos, la negociación de las condiciones, la legislación americana, los mil contratiempos que pudieran surgir…, estropearían el deseo puro, primigenio, de tener ese rancho. El sujeto deseante ya no sería el mismo, y lo deseado tampoco. No es que ya no mereciera la pena, es que entre lo imaginado y lo real pudiera mediar un abismo. O preferir vivir en un loft en el SoHo, yo qué sé.

Una derivada o corolario del anterior pensamiento es la Teoría del interés repentino que me suscita -casi siempre- todo aquello a lo que no me estoy dedicando en un preciso momento. Si estudiaba Derecho me sorprendía cautivado por la Sociología, si estaba jugando al golf por el cultivo de las amapolas, si trabajaba en el Departamento de Adquisiciones por lo que demonios hicieran en el Departamento Comercial, si leía a Chéjov por los libros de John Cheever; en fin, en el instante en que la monotonía, constancia, o como queráis llamarlo, mutaba en aburrimiento se producía el click y saltaba a lo inmediatamente anexo. Una imposibilidad de ser profesional de nada, un alma juguetona de eterno aficionado.

Como pretender aprender a tocar el piano.

Desde pequeño el sonido del piano me ha reconciliado con el mundo sin yo saberlo. Y desde la adolescencia Bruce Hornsby ha sido mi músico de referencia sin apenas darme cuenta. Decenas de canciones tamborileadas año tras año en un teclado imaginario: Every Little Kiss, Mandolin Rain, Lost Soul, The road not taken, The Show Goes On, Harbor Lights, Country Doctor, In the low country… Melodías que traían paisajes del Southside, de Virginia, de los Apalaches… historias, modos de vida, formas de sentir. Música que, igual que el viento en la cara, te moldea, de manera que ya no sabes si fuiste tú y después esas canciones, o justamente al revés.

Y entonces la Teoría de la Arcadia Feliz que dice que has de volver a aquellos sonidos que configuraron la visión de un mundo que creíste conocer en una época que pretendes recordar como feliz. O el fin de la inocencia.

The End Of The Innocence es una canción con letra de Don Henley y música de Bruce Hornsby, ambos la incluyen en sus repertorios.

Hacer las cosas bien, educación para el esfuerzo, saborear los resultados. Pero el esfuerzo me recuerda a la chica del gimnasio trabajando su bonito culo durante una hora en posiciones horrendas, pensar en su nivel de exigencia para con todo, y en lo que podría perderse; y hacer las cosas bien no siempre funciona, a veces no hay nada mejor para encarrilar tu vida que un error. Te pone en pista. Como esas sólidas parejas procedentes de unos cuernos a sus anteriores.

Aporrear un piano y desear un rancho en Montana. Porque Chopin son puras matemáticas.

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