Sobre “Juego y distracción”, de James Salter

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Pues voy y compro “Juego y distracción”, de James Salter, porque el pobre se ha muerto, porque es verano y es un relato lírico-sensual de unas peripecias que el escritor vivió en Francia, porque todo el mundo parece alabarlo.

Imaginaba encontrar emoción. Algo que intentara explicar eso de la pasión. Sin embargo está vacío. Igual tiene que ser así.

Se me ocurre pensar, después de haber leído varias novelas del autor, que este señor debía de tener fantásticas digestiones, que escribía muy bien cagado. Porque, y entiendo que la traducción ayudará, todo es placidez -siesta debajo de almendro en flor con brisa en la cara, noche estrellada reflejada en la orilla del mar- con un leve trasfondo de melancolía y tristeza.

Será el néctar de sabiduría que va exprimiendo la edad. Pero añoro algún retortijón, nota de humor, yo qué sé, agreste humanidad. Es todo un cuadro al pastel de un jovenzuelo pretencioso y sin un duro que recorre la campiña francesa mientras se cepilla a una incauta pueblerina que finalmente abandona pues no tiene más remedio, pues no tiene más posibles. Por las mañanas descripciones de los pueblos, por las noches descripciones de los coitos. Sensaciones. Sentimientos, cero. La chiquilla sabe que lo va a perder; el maromo, que no puede durar. Una ficción. Un huir hacia delante. Que a lo mejor vivir es eso.

El aburrimiento de leer sobre tipos fornicando con el poético matiz de estar viéndolo todo a través de fotografías de Hamilton, humores incluidos. Las conversaciones casi inexistentes. Animalillos sintiendo. Arf, arf. Y cómo huele a pan recién hecho por las mañanas mientras tañen las campanas. Y venga otro casquete lírico que él acaba de vislumbrar la curvatura de sus pálidas nalgas.

Casi prefiero escuchar “Fire’s Highway”, de los Japandroids.

Y, por supuesto, vivirlo sin poder contarlo.

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