Casi bailar (para The Best & Brightest).

Casi bailar (para The Best & Brightest).

Es cierto que vivimos un sueño. Segismundo tenía razón. “Después de todo, todo ha sido nada”, decía José Hierro. Nos espera el terrible presente de la agonía a la vuelta de la esquina. Siempre demasiado pronto. Y dormir para despertar en el morirse, el sueño eterno. Saberse un despojo sintiente. Dudar de quién eres, de quién has sido. De esos seres, familiares, que te has acostumbrado a ver. Ensimismarse en los últimos coletazos de existencia, la respiración, el pálpito de la sangre.  Aceptarlo.

Y mientras, lees. Una forma de retrasar lo inevitable. Vives, porque tienes que vivir. Pero mientras, lees. Porque ayuda a sobrellevar el absurdo del día a día. Porque otros mortales te cuentan de qué va esto de la vida y el morir. Y te enamoras o no, porque entretiene. Y tienes hijos o no, y esa responsabilidad tiene un sentido. Pero mientras, lees. Y a veces parece como si entendieras. Te disuelves en lo leído. Y entonces estás tranquilo, porque las cosas son como tienen que ser. Esos momentos de silencio, detenido el mundo, inmerso en la idea que emana de la lectura. No experimentas, pero sabes. Por delegación, o por contraste con tus vivencias.

Me dan miedo los escritores que con una primera impresión pueden redactar tu biografía. O esos lectores voraces que cuando vas ellos han vuelto ya tres veces. Los que callan en las sobremesas sonriendo en oblicuo como contaba Ignacio Peyró (es uno de ellos). Me alteran los poemas que en cuatro líneas cuentan más de mí que mi espejo por las mañanas. Me aterra, después de haber leído mucho, salir a la calle y que una voz en off narre como procedo a abrir la puerta del coche, como le ocurre a aquel personaje de la película “Más extraño que la ficción”.

Jack Nicholson tiene una frase sensacional: “Una vez que salgas de la escuela, solo lo que hagas por ti mismo dará calidad a tu vida”. Con los libros ocurre igual. Pueden regalártelos, pero los eliges tú. Y tiene que ser así. Aprendes a tenerlos cerca, a consultarlos. Son una extensión de tu propia personalidad. Yo acostumbro a dejarlos y a perderlos, y, aunque quede un vacío, me gusta hacerlo, porque en realidad no me pertenecen. Son del que los lee en el instante de leerlos.

Es posible, quizá, que todo gire alrededor de encontrar un tono, en la vida y en los libros. Llevar en el bolsillo un diapasón. Aspirar a una elegancia coherente.

Rimar con ritmo.

Casi bailar.

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