Volver a P.G. (para The Best & Brightest).

Imagino que hay una época para todo. Ahora soy casi incapaz de leer novela alguna. Una terrible sensación de estar perdiendo el tiempo. Compáctalo en un verso, o en un cuento eléctrico. Desarróllalo en un ensayo. Me sobran el ritmo y el tono, el modus vivendi desplegado, el runrún interior de los personajes, las absurdas descripciones.

Recuerdo la lectura de “Tiempo de silencio” de Luis Martín-Santos. Me costó arrancar. Semanas con los ratoncillos. Cuando quise darme cuenta era capaz de oler el caldo de pollo de la pensión del protagonista, o la coliflor hervida, o lo que fuera que impregnara de claustrofóbica familiaridad ese entorno.

Apenas he retenido la historia, detalles, como cuando Pedro toca la pared con la mano, un gesto íntimo que acostumbraba a hacer yo y que me sorprendió leer. ¿Necesitaba saberse real? ¿Notar la materialidad de lo circundante que le recordara lo exterior y ajeno? ¿Reconocerse?

Había algo sórdido. Se revelaba una vida con sus matices, su trasfondo, su fracaso inherente. Un hilo conductor que llevaba al desastre. Una concatenación de hechos inevitables. Había una chica inocente, ni muy guapa ni muy fea. Había ignorancia. El Madrid de posguerra era una ciudad sucia de noche.

El día que lo terminé supe que podría haber escrito decenas de páginas sobre cualquiera de los personajes. Que lo había entendido. Con el tiempo he sabido también que de alguna forma la novela me cambió sin darme cuenta, que es como se producen los cambios de verdad. Soy consciente de que suena a lugar común, y de que a veces los libros hacen estas cosas. Pero es así. Como saber que en ocasiones ocurren hechos terribles sin un culpable aparente, generados por el propio ecosistema. Que a la vida, y a la muerte, no las sueles ver venir. Que todo podría ser reconducible mediante la razón, pero que no sirve para nada. Que ya es tarde. Y que hay que seguir tirando.

La importancia de administrar y digerir los momentos. La esperanza es una forma de perspectiva, al fin y al cabo. “Too young to know too much too soon”, canta mi cantante favorita.  Aprender a jugar con el reparto de cartas temiendo que, además, algunas puedan estar marcadas.

Imagino que hay una época para todo. Pero voy a volver a P.G. Wodehouse, y a sonreír.

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