Diarios (para The Best & Brightest).

Diarios, (para The  Best & Brightest).

“Juan, yo lo que quiero es a un tío que pierda el culo por mí”. “Estando tú herido de muerte, ¿dejarías vivir a tu asesino pudiendo dispararle?”. A veces vuelvo a un diario no diario que empecé a escribir hace más de 25 años. Y me sorprende ver las frases y comentarios que he anotado a lo largo del tiempo. Las dos entrecomilladas del principio son un ejemplo.

Son escritos para consumo personal. Luego están los blogs que apuntan intenciones algo más exhibicionistas, y finalmente los diarios, memorias, aforismos, de escritores o personajes reconocidos que se publican. “Digamos que el diario es un esfuerzo por sintonizar realidad exterior e intimidad, desenfocadas precisamente por los propios conflictos afectivos del diarista”, dice Andrés Trapiello, autor de un mamotreto de diario “Salón de pasos perdidos” que puede ir ya por la decimoctava entrega. “El diario es el lugar al que acuden los seductores con poca fortuna”, remata.

A mí particularmente me interesan los concisos, al modo Iñaki Uriarte, muy entretenido, o el ejemplar de Jules Renard, plagado de citas brillantes, de los que terminas sabiendo de los personajes más por lo que callan que por lo que cuentan. El realismo del silencio lo llamaba Sartre. Otro imprescindible, las “Prosas Apátridas” del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro. Ilumina en cuanto abres el libro. Perseguir el hilo de sus reflexiones es empatizar con ese ser humano impenitente fumador.

Diría que los mejores parecen salir solos, sin grandilocuencias, con la sencillez inherente de las cosas obvias. Y no por detenernos en las sórdidas cotidianidades, en los contrastes de los comentarios con la época, o el momento de los mismos -que Kafka se vaya a nadar las veces que quiera- los chismes, los amoríos, ni siquiera las confidencias. Se trata de la sinceridad. La íntima sinceridad con uno mismo. La risa o la compasión que nos produce vernos en el espejo.

Todos queremos que alguien pierda el culo por nosotros. Existir para esa persona aunque sea en el recuerdo. Resignarnos a no disparar a nuestro asesino y dejar una última muestra estilo Nexus-6 de amor a la vida. Algo así.

Ni por asomo leería los diarios de Bertolt Brecht, o Virginia Woolf, o Jack Kerouac. Pero tengo en capilla los de Samuel Pepys, Boswell, John Banville, James Salter o el socarrón de Pla, que es para ratos. Cuestión de gustos y de afinidades.

Acaba Trapiello: “El diario, en fin, no es más que la vida de un hombre que ha renunciado a su vida, por atención al lector, con el que va a presenciar la caravana que pasa. Una caravana cargada de tesoros incalculables: tal detalle, tal imagen, la alegría íntima de un día, tal aforismo, el modesto botín de una vida modesta. Son esos los tesoros que el escritor de diarios le da al lector. Es ése el tesoro que un lector de diarios busca: saber, mientras los tiene ante sus ojos, que él también es inmortal”.

Bueno, Andrés, pues me quedan al menos quince tomos del tuyo.

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