La literatura en el amor (que no al revés). (Para The Best & Brightest).

La literatura en el amor (que no al revés). (Para The  Best & Brightest).

Creo que no es necesario recurrir a las canciones de Pablo Alborán o similares vomitadores de azúcar para hacerme entender.

Hasta qué punto habremos llegado en la sobreabundancia y reiteración de vocablos, metáforas y epítetos, a la hora de comunicar nuestro amor a la persona amada, incluso al dirigirnos a ella (recuerdo el “cerdito mío” de la mujer del jefe de la aldea gala en Astérix), para no poder evitar añorar los tiempos del garrotazo troglodita que tan bien dibujó Mingote.

El amor es literatura, no me jodan, y ustedes disculpen. Un invento.

Todavía veo a Jack Nicholson retorciendo las manos y estrujándose el cerebro para soltar ese insuperable cumplido a Helen Hunt: “tú haces que quiera ser mejor persona”.

El amor no es Julieta en el balcón, es Romeo diciendo paridas. O Cyrano escribiéndolas.

Que no hay mayor tortura que aquella del hombre que no es capaz de expresar lo que hay en su alma, decía Montaigne. Pues posiblemente, Michel, pero nos hemos pasado cuatro pueblos. La sentimentalidad en tetrabrik.

“En otro tiempo no se sentía tanto, pero se veía más” contrapone Flannery O´Connor. Y no le falta razón. Que uno ya no sabe si está enamorado o gusta de hacer rimas. Que somos cursis hasta haciendo política, demonios.

Esa exacerbación de los ánimos que parece que inflan los sentimientos, esa artificiosa dulzura, ese cariño manufacturado (ojo a los dobles sentidos aquí). Habría que retornar al barrio: “Que me molas, tronca”. Y tan contentos.

Pero no. Cada conversación es una ardua negociación. Una ocasión para la brillantez expositiva, para la soflama sentimental, o para naufragar en la mirada acusadora del otro por el abuso inane del lugar común.

Que abres a veces un blog y recibes un sopapo de pétalos de rosa a ritmo de violines que te ulcera el estómago para un mes.

Y los cariño, y los cari, y los amor, y los cielo, y los mivida. Los Plómez bajando juntos en el ascensor y coqueteando con otros en la oficina.

Harto. Más hacer y menos decir, volver al juego de miradas y gestos.

Y a los gruñidos, coño.

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