Un propósito para Año Nuevo (para The Best & Brightest).

Soy tonto. Ya lo he dicho, ya lo saben ustedes. No al estilo Forrest Gump de hacer tonterías, que también. Soy tonto, tontito perpetuo, por pura forma de ser. Tonto por actitud. A diferencia del gilipollas clásico que no sabe que lo es, y del cretino convencional que lo intuye, los tontos por decisión asumimos plenamente nuestra condición y además nos vanagloriamos de ella. Ejercemos, en una palabra. Como una imposición moral. O una manía.

El listo canónico es el que utiliza su inteligencia en su propio beneficio la mayoría de las veces. El tonto por decisión hace justo lo contrario, como si fuera un inmortal.

Hablamos de política a calzón quitado, no disimulamos jamás en la vida, ni en el trabajo hacemos paripé alguno. No tenemos jefe, solo un molesto ser que dice cosas. Si alguien nos cae mal por nuestra expresión define con exactitud el grado de asco que le tenemos. La cortesía y educación es accesoria, y únicamente para quien la merece. Vamos de frente como un tren expreso. Si nos siguen bien, si no también (o mejor). Las mujeres nos mangonean una vez. Si preguntan qué tal les sienta el nuevo corte de pelo se lo decimos: “¿Qué corte de pelo?”. No esperamos réditos porque no hacemos inversiones. Se nos adivina venir desde Algeciras. Decimos la verdad, la nuestra. Y vivir debajo de un puente parece ser la meta más fácilmente realizable.

Tenemos una ventaja, eso sí, vemos al otro mucho mejor. La atalaya del tontismo ejerciente es alta y despejada.

A veces pienso que se trata de una manía recalcitrante que ayuda a rellenar los días. Como las que tienen los escritores al abordar una cuartilla en blanco. Henry Miller buscaba la incomodidad a propósito, Balzac tomaba cincuenta cafés al día, Ferlosio abusó de las anfetaminas, Isabel Allende escribe mientras le dura una vela encendida. Todos tienen pautas y rutinas.

Con esto de las proposiciones de Año Nuevo, que viene a ser como una crisis de los 40 anual y estandarizada, he resuelto abandonar, un intento al menos, la tontería como institución y ser un poco más avispado. Cauto. Leí el último artículo publicado por El Guardián en Elle y también yo voy a empezar a dar los buenos días alegre y vivaracho. Claro que me podría ocurrir como a Miguel Delibes, cuando decidió trasladarse a un pequeño apartamentito alquilado, para aislarse de los ruidos de la casa y de los hijos, y descubrió que sin ellos no le salía página alguna.

Tengan un feliz año, señores.

Anuncios