Soso Melé (para The Best & Brightest).

Soso Melé (para The Best & Brightest).

“¡Qué viene Soso Melé!” Gritaba mi sobrino Jaime de cuatro años por el pasillo. Soso Melé. Y sonaba a malo malísimo, a personaje oscuro y terrorífico, a ogro comeniños, a criatura de ojos encendidos y uñas retorcidas.

Historias que le contaba su abuelo, mi padre. Historias reales de su infancia que trasladaba al niño en forma de cuento y que el niño escuchaba y asimilaba inmediatamente.

De pequeño y viviendo en el barrio de Reina Victoria mi padre sufrió una temporada los rigores del miedo a salir de casa, de ir a la calle, pues andaba por las cercanías Soso Melé, que al verle le caneaba, le inflaba a bofetadas, le ponía las peras al cuarto cuando menos.

Eran otros tiempos, los chiquillos corrían por las cornisas, se descolgaban cabeza abajo de la barandilla de las escaleras, recorrían la ciudad por las alcantarillas. Un Madrid de posguerra de aventura diaria. De polvo, pantalones cortos y botas destrozadas.

Hasta que una mañana, harto del propio temor, reconociendo lo absurdo del asunto, mi progenitor se armó de valor, cerró la puerta tras de sí, y fue directo a por Soso Melé. A partir de ese día Soso, en cuanto le veía, y a una prudente distancia, le saludó siempre cortés. El resto de los chicos del barrio le tomó en consideración cada gesto. Fue como una prueba o un rito de paso.

La literatura está plagada de Sososmelés, de malos tremendísimos, desde Drácula y el Capitán Garfio, pasando por Moriarty, Mr Hyde, Milady de Winter o el Cardenal Richelieu, hasta el Barón Harkonnen, de “Dune”, o Pennywise, el payaso de “It”, de Stephen King.

Todos nos someten a un miedo diferente y a una forma distinta de enfrentarlo. Cuentos que nos enseñan a sobrellevar al jefe abusón, al compañero psicópata, al amigo envidioso, al familiar celoso, al conocido vil, al vecino maledicente. A nosotros mismos. A entender, en la medida de lo posible, la cara oculta de nuestra humanidad.

Sosó Melé resultó ser el hijo del conserje del edificio, y ha quedado, para la memoria familiar, como un estupendo “malo” de literatura, y una bonita historia de superación.

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