Brevedad, por favor (para The Best & Brightest).

Brevedad, por favor (para The Best & Brightest).

Todo se puede decir de manera más corta y certera. Para eso existen las palabras correctas. Me parece una falta de educación escribir largo, aunque sea contando cosas aparentemente de interés. A ver si llegamos a algún sitio de una endemoniada vez.

“Quiero pan”. Estupendo, te he entendido. “Sobre la alacena las migas y la oronda hogaza de pueblo ofreciéndose tierna y humeante”. Vete a hacer puñetas, so cursi.

Las frases cortas de Hemingway en “El viejo y el mar”. Sin adornos. Como con la poesía el lector debe de poseer cierta experiencia y grado de interpretación. Ver y sentir un poco más allá. Que no te lo den todo hecho. Y ahora vas a derramar una lagrimita.

Qué necesidad hay de novelar, díganme ustedes. ¿Son bobos? ¿Son niños? Que todavía recuerdo los serpenteantes caminos que subían y bajaban durante tres condenadas páginas de El Hobbit. La Tierra Media, decía, el cachondo.

Mención especial son las novelas de poeta. Ah, pura argamasa intelectual. Como digerir cemento armado. 186 páginas llevo de “Los Reinos de la Casualidad” de Marzal, cada una de ellas como un parto. Cada una de ellas proporcionando argumentos para otras tres novelas. Cuando cojo el libro me conecto al gotagota y al balón de oxígeno. Qué densidad. Lo que voy a disfrutar hasta la 784, si no he perdido la vista antes.

Luego ya están Cervantes, Proust, Sterne, Joyce, Austen, Beckett, Melville, y Faulkner, que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner. Lo que cuentan y la propia narración.

El caso contrario es la novelita floja que se deshace entre las manos, que a uno le hubiera dado vergüenza publicar, que apela a sentimientos bajos, simple, y que normalmente terminan decorando un cuarto de baño, o haciendo tope en una puerta.

Por eso uno de mis géneros favoritos es el relato. O el cuento. Van al meollo. Unos sorprenden y otros sorprenden por no sorprender. Desde Borges a Chéjov. De Rulfo a Bulgákov. Bierce y Cheever. Cortázar y Carver. Bradbury y Poe. Salter y Malamud. Por ejemplo. O Ignacio Martínez de Pisón, entre los españoles.

De Malamud es uno de mis cuentos favoritos: “El tonel mágico”. Hay varias versiones por internet. Yo creo que lo tiene todo.

Anuncios