Un estado de ánimo (para The Best & Brightest).

Yo quería hablaros hoy de Duncan Sheik y de Pete Yorn, de que me los descubrió mi amiga Emmilou, como a Death Cab For Cutie y a otros más. De sus canciones y sus letras. De cuando Pete encontró su vocación cantando “Someday” en una fiesta universitaria. Pero no hay modo. No sale.

Prefiero escupiros las canciones que odio. Con saña. Las que duelen y ponen de mal humor. Que irritan. Que alteran como cuatro cafés. Como golpearse en la rodilla con la esquina de una mesa auxiliar. Como una jaqueca instantánea. Como ver Tele5, los informativos de La Sexta, o escuchar a Isabel Gemio.

¿Por qué existe una canción como “Killing me softly with His song”? ¿Por qué Roberta Flack tuvo que versionarla? Porque existe el mal. “El mal es”, que lo dice George Steiner. Y se mete en tu cabeza y te tortura. La tonadilla. El soniquete. Que supera el “Tan tan tan, Radio Intercontinental, Madrid” de aquellas eternas tardes tediosas de mi infancia con la asistenta planchando mudas entre vapores. El infierno era esto. Inter… continen… tal… Madrid.

Y “The Sound of Silence”, de Paul Simon. No, querido, eso no es el sonido del silencio. El sonido del silencio es dejarte tirado en el Desierto de Sonora, mira tú la contradicción. Y escucha un rato, hellodarknessmyoldfriend.

Vivaldi y su Primavera, que la llevamos inside, igual que un calzoncillo atravesado. Los villancicos navideños en español, todos y cada uno. El ramito de violetas de Cecilia. Mari Trini. Mike Oldfield. Bonnie Tyler.

Y mención especial al flamenqueo. Que salvando a Pedro Javier Hermosilla soporto a muy pocos. Vamos, a ninguno.

El rap madrileño. Eurovisión. Los triunfitos. La voz forzada de Amaia Montero. O la de Antony and the Johnsons. El reguetón. The Strokes. Las canciones latinas de orinal.

Frank Sinatra vendía estilo. Pues esto es justo lo contrario. Es ponzoña. Malestar. Sufrimiento. La bosta delante del ventilador.

Entiendo que haya personas a las que no les resulte molesto. Porque oyen música como el que oye llover. Pero a mí me invade. Como un olor fétido o un alimento contaminado. Ascensores con hilo musical que pueden destrozarte una tarde. Bajarte de los coches ajenos en cuanto salta el melódicoligero de turno.

La música es un estado de ánimo, y no me lo vais a imponer.

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