A 33 y 45 (para The Best & Brightest).

A 33 y 45 (para The Best & Brightest).

No sé qué tiene el jrjrjr del recorrido de la aguja por el vinilo que comunica con la esencia primitiva de las cosas. El sonido más grueso y con cuerpo. La calidad del timbre. El chisporroteo antes del inicio de la música.

El disco llora.

La liturgia de ir a comprarlo, llevártelo como un tesoro, y exprimir todas sus canciones en el tocadiscos.

Conservo una colección de ellos. Cada uno es historia condensada de un periodo de mi vida. Escucharlos es atrapar por un instante aquella persona que fuiste entonces. Sonreír melancólico. Como mirar una fotografía interior.

El “Legacy” de los Poco. Tell me why you call it love. La alegría de los Huey Lewis & The News. La inocencia del colorido “Bowling in Paris” de Stephen Bishop, con las palabras de elogio de Phil Collins en la contraportada. El imprescindible “Solitude standing” de Suzanne Vega con sus manos enguantadas sujetando su rostro. “So” de Peter Gabriel, que yo incluiría entre los mejores 10 álbumes de la historia. “Cupid & Psyche 85” de los escasamente reconocidos Scritti Politti, un disco raro e inimitable. El piano exclusivo de Bruce Hornsby en “The way it is”.

Poner los de 33 a 45 y partirte de risa con Alvin y las ardillas.

Igual es la edad. Pero puede ser que con los nuevos formatos y su accesibilidad no disfrutemos tanto, ni tan privadamente -de hacer tuyas las canciones- de la música.

El retorno al ser analógico. Cortar troncos de madera a hachazos. Dibujar. Abrir un libro. Notar y oír los guijarros del camino en un paseo por el campo. Parar y percibir el tiempo.

Algo hemos perdido. Y a veces luchamos por volver a encontrarlo.

Me parece bien.

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