Deformación profesional (para The Best & Brightest).

“If all the antidepressants and anxiolytics in the world were thrown into the sea, as Oliver Wendell Holmes, Sr. once suggested should be done with the whole pharmacopoeia, if all the textbooks of psychology were withdrawn and pulped, if all psychologist ceased to practice, if all university departments of psychology were closed down, if all psychological research were abandoned, if all psychological terms were excised from everyday speech, would Mankind be the loser or the gainer, the wiser or the more foolish? Would his self-understanding be any the less? Would his life be any the worse?”

Admirable Evasions. Theodore Dalrymple.

La deformación profesional de los psicólogos la pagamos los demás.

El pasado sábado participé en la V Carrera Popular Psicología Por La Salud, alrededor del Campus de Somosaguas. El recorrido estaba plagado de simpáticos estudiantes apostados a lo largo de la carrera que lanzaban encorajinados gritos de ánimo según iban comprobando la rojez de nuestras caras. Eran del tipo: “¡Vamos, que no queda nada!”, “¡venga, que tú puedes!”, “¡seguid, dadlo todo!” y similares lugares comunes que en realidad animaban a pararte en seco para interpelar al entusiasta y preguntarle qué demonios estaba aprendiendo en esa facultad. Que uno no espera una disertación, pero como decía otra corredora: “dadlo todo, dadlo todo, si ya lo hemos dado hace dos kilómetros”.

Para más inri tuve la fortuna de compartir carrera con una psicóloga profesional que no paró de hablar durante toda la prueba acompañando sus comentarios de un: “Juan, así no se puede animar, tienes que decir esto otro” enriqueciendo en el correr el repertorio de variantes dogmáticas. Era toda una inmersión en el mundo de la psicología práctica. Que fue llegar al Campus y ya tenía uno ganas de discutir.

Algo de razón pudiera tener Theodore Dalrymple, médico psiquiatra, filósofo, sociólogo, periodista y crítico, en su libro “Admirable Evasions, how psychology undermines morality”, cuando viene a decir que las explicaciones ridículamente simplificadas que las diferentes escuelas de pensamiento psicológico (psicoanálisis, conductismo, neurociencia, psicología evolutiva y cognitiva) ofrecen de la conducta humana no han mejorado el conocimiento que tenemos de nosotros mismos, y que, además, son socialmente dañinas, permitiendo a los que creen en ellas evadir su responsabilidad personal de sus acciones y culpar a una multitud de chivos expiatorios: genes, neuroquímica, presión evolucionista.

Fundamentalmente se centra en que impide la reflexión necesaria para la formación del carácter humano en el sentido de la responsabilidad moral, promoviendo colateralmente la obsesión por uno mismo. Que la literatura ofrece ejemplos más iluminadores de la condición humana. Que no es lo mismo una persona no feliz que un enfermo mental. Que favorece el narcisismo, el victimismo, y un autoexamen sin fin ni resolución.

Eso sí, no pretende la confrontación admitiendo que las terapias psicológicas pueden ayudar alguna vez, aunque las teorías en las que están basadas sean un error enteramente.

Cuando llegué al final me sorprendió el tipo haciendo fotos, los aplausos, el del vídeo -qué exceso de profesionalidad para un participante que ocupa los últimos puestos-, compuse un rictus digno, atravesé la meta, y me relajé tomando un Aquarius. Viendo las tablas me sorprendí con el puesto trece, de más de trescientos.

Había truco, al primer paso una psicóloga en ciernes me había desinformado señalando que restaba una vuelta menos de las oficialmente establecidas.

Tan feliz que yo estaba. La psicología y tal.

 

 

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