No hay tiempo (para The Best & Brightest).

No hay tiempo (para The Best & Brightest).

Era una tarde perfecta, sol y poco calor. Aparqué relativamente fácil en la cuesta del Templo de Debod. Subí hacia el cruce y caminé en dirección a El Aleph, mi librería favorita de Madrid.

Desde que pateo la zona siempre ha estado ahí. Imposible no detenerse en su escaparate. Todo parece interesante y anima a la lectura.

Había encargado varios libros, la mayoría recomendados por Ernesto Baltar. Tres de Pre-Textos, uno de Turner, se me coló otro de Anagrama, y un par de pequeñas editoriales.

Tengo pendientes de leer más de treinta y sigo comprando, como si el solo hecho de hacerlo lavara mi conciencia. Acumular presagiando momentos que no se sabe si llegarán. Picotear entre las hojas. Adivinar lo que llevan entre las tapas. Imaginar por su peso el viaje del intelecto.

“Se compran menos libros, porque no hay dinero”, me dice el librero, un tipo cauto y afable, con gafitas redondas de lector voraz. Concluimos que los Reader nunca podrán competir con el rito de pasar las hojas y sentir el tacto de lo escrito. Me habla de un matrimonio mayor, preocupado por el posible triste final de su librería. “Acabarán de baratillo”, dice que le dijeron. Le cuento que en mi opinión los libros tienen vida propia, y no son de uno. Viajan. Y está bien que sea así.

Antes de salir de nuevo a la calle la poesía completa de Borges me sujeta de la manga, después lo hacen varios volúmenes de George Steiner, una pila llena de Chestertons me guiña un ojo, casi me tropiezo con el escalón de la puerta cuando desde un fondo un W.G. Sebald me grita desesperado.

No hay tiempo, y se me olvida que cogeré el coche y pasaré por cuatro radares recaudatorios sin darme cuenta. Casi feliz.

 

 

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